Patrimonio Intangible fue una exposición realizada tres años atrás donde Alexandra McCormick presentó imágenes de aquellos residentes indeseados que habitan las salas pulcras de un museo. A través de fotografías, dibujos y otro tipo de relatos le presentó al mundo insectos, goteras –entre otras cosas– que conviven al lado de los lienzos de obras que hacen parte de la colección. En el 2005, caminó durante siete horas en una cicloruta bogotana (una vía especial para ciclistas en la ciudad) con una madeja de llantas en la mano. Con ella iba recogiendo física y simbólicamente todos los obstáculos, encuentros y experiencias que ocurrían en el trayecto.

Este par de acciones describe perfectamente cuáles han sido los intereses que han guiado la trayectoria de la artista: hacer de esos hechos que pasan desapercibidos y que son considerados poco dignos de ser relatados, todo un acontecimiento. Gestos que permiten que la mirada se interrumpa y obligan al espectador a parar por un momento. En últimas, a generar preguntas que lo único que ponen en juego es nuestro lugar en el mundo.

Por ello no sorprende su notorio interés por los temas del paisaje y del territorio. ¿Qué y quién lo habita? ¿Cómo lo recorremos, lo vivimos y lo percibimos? ¿Cómo nos determina? Son las preguntas transversales de sus obras. Durante estos años ese cuestionamiento sobre estas relaciones invisibles le ha permitido pensar en la posibilidad de transformar esos espacios y relaciones con el mundo. McCormick le ha apostado a señalar esa delgada línea entre lo real y la ficción. Ha creado experiencias que si bien no siempre han sido ciertas, tienen la posibilidad de existir. Realizar un terreno portátil propicio para espacios de ocio, el forrar una columna con espinas de rosas, el encontrar un zapato y dejar que crezca un jardín en él, es crear ficciones que detonan no sólo la memoria sino la imaginación del espectador: recordar el zapato abandonado en el prado de una finca, el darse cuenta de que un espacio es sostenido por una columna, el deseo consciente de llevar pedazos de territorios que funcionen como lugares de esparcimiento.

Es esta línea la que también ha atravesado esta exposición. Y sin embargo, Incidentes: celebraciones de lo inesperado va un paso más allá de toda esta lógica. Aquí no son los objetos los que dictan el curso de la muestra, aquí lo que habita son sus huellas. Los vestigios de los marcos de las obras que una vez ocuparon las paredes de alguna muestra, la mancha constante de un café regado en el papel que estaba esperando a ser utilizado, el canto de un sapo cuyas vibraciones produce ondas sobre un estanque. En esta exposición Alexandra McCormick reivindica la accidentalidad... y, señalando las particularidades de cada uno de ellos –en este caso los patrones que se formaron de manera casual pero sistemática– apunta a la necesidad propia de su existencia. Al igual que en obras de momentos anteriores, surge ese cuestionamiento sobre lo imprescindible de lo circunstancial, de lo que no se puede controlar.

Ximena Gama
Centro Colombo Americano.
Pereira.
2010